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La revelación de uno mismo

"Hay voces internas que nos hablan: el miedo,

el ego, la avaricia, los deseos, el pasado...

¿a qué decimos sí y a qué decimos no?"


Cuando somos honestos somos sinceros y nos comunicamos con transparencia. No fingimos y llegamos al otro sin corazas. Esta sinceridad se fortalece cuando estamos alineados en pensamientos, palabras y acciones. En cambio, cuando nuestras palabras expresan un mensaje mientras nuestro cuerpo está transmitiendo otro, estamos desalineados. Esto indica que nuestro diálogo interior no es claro, ni fluido. Quizá ni siquiera nos planteamos esa conversación entre corazón y mente, entre intuición y lógica.

Decirse la verdad a uno mismo es difícil. Epicuro decía que los tres pilares de una buena vida son la “cultura, la amistad y el diálogo basado en la palabra”. La palabra debe ser profunda y verdadera para que todo tenga sentido y contenido. La dificultad radica en la falta de diálogo sincero con uno mismo.




Causas por las que se nos dificulta el diálogo interno


Se nos hace difícil mirar hacia nuestro interior, no se nos ha educado en ello. La sociedad del consumo y del entretenimiento provoca estímulos que nos distraen, y nos olvidamos de nosotros mismos. Por lo general las personas vemos hacia fuera, antes que ordenarnos por dentro. Muchos caemos en un consumismo fácil, que además nos arrastra a una carga económica adicional.




"Hay tres cosas extremadamente duras: el acero, los diamantes y el conocerse a uno mismo” - Benjamin Franklin


  • La mayor parte de las personas occidentales somos más testigos que participantes y reaccionamos poco ante las necesidades del día a día. Sólo manteniendo un diálogo honesto y sincero con nosotros mismos podremos adoptar posiciones transformadoras de la realidad. Debemos dejar de ser espectadores para ser los actores que inciden en el mundo y que lo transforman.

  • La preocupación excesiva acerca de la opinión de los demás. Nos evaluamos basándonos en la visión que el otro tiene de nosotros. En la opinión de los demás nos sentimos valorados y en estas opiniones externas fundamentamos nuestra autoestima. Para protegernos del mundo fabricamos máscaras, burdas fachadas, detrás de las cuales nos escondemos y nos engañamos.


  • Dedicamos poco tiempo a la reflexión y a la introspección. Tenemos conversaciones pendientes con nosotros mismos y con otras personas. Al posponerlas, funcionamos más con el piloto automático, con patrones de comportamiento “habituales”. Todo el día estamos parloteando con nosotros mismos. Pero eso no es un diálogo, es llevar a la mente ideas y frases inconexas que sólo sirven para producir ruido mental, palabras inútiles sin sentido. Sólo cuando las conversaciones son realmente honestas y sinceras nos facilitan ver con claridad lo que tenemos que conservar, mejorar o modificar.



Es necesario hacer una bitácora de “conversaciones pendientes” con nosotros mismos y con las personas que nos importan. Necesitamos practicar el diálogo para tener claridad mental y fortalecer las relaciones que tenemos.






El objetivo más deseable para el individuo, la meta que perseguimos, a sabiendas o inconscientemente, es llegar a ser nosotros mismos. El filósofo danés Sören Kierkegaard, hace más de un siglo, describió el dilema del individuo. Señala que la causa de la desesperación reside en no elegir ni desear ser uno mismo y que la forma más profunda que ha “elegido ser alguien diferente a sí mismo”. En el extremo opuesto a la desesperación, se encuentra el deseo de “ser realmente quien uno es”; en esta dirección radica el más alto grado de responsabilidad humana.



Me mudé al bosque porque deseaba vivir deliberadamente, hacerle frente sólo a los hechos esenciales de la vida, probar si podía aprender lo que tenía para enseñarme, en vez de quedarme esperando la hora de mi muerte para darme cuenta de que no había vivido”.

Henry David Thoreau








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