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Escuchar ante todo

“Se dice que hay personas dotadas para la escucha, que nacieron con los dones gemelos de la empatía y la paciencia, que de forma natural saben acercarse a los demás de una manera generosa e incondicional. Éstos son los mejores amigos, los mejores cónyuges, los mejores maestros, las personas que se dedican a entender y ayudar a los demás”

Marina Castañeda – “Escuchar (Nos)”


La realidad es que personas con características naturales para la escucha son las menos, la mayoría de nosotros escuchamos a los demás sobre todo por curiosidad, más que por generosidad.

No nacemos “escuchas”, el acto de la escucha es algo que aprendemos a lo largo de la vida y que podemos perfeccionar.

Se trata de un proceso consciente de poner al lado los propios intereses al servicio de la escucha desinteresada del otro.


Escuchar efectivamente no es cuestión técnica, es un intercambio comunicacional complejo, que depende del contexto en que se tenga lugar, su propósito, la relación entre personas, el intercambio psicológico, las relaciones de poder, las expectativas y los patrones de comunicación que se empleen en el proceso de la escucha.



Elementos fundamentales para una buena escucha


Escuchar significa “parar la oreja e inclinarse hacia adelante”. Es decir, la escucha es un acto de la voluntad. Para escuchar tiene que haber intención de escucha. Solo escucha el que quiere escuchar.


Escuchar significa dirigir la atención hacia las palabras del otro, tratando de lograr una percepción exacta de la palabra hablada y extraer lo esencial del mensaje oído y no hacer juicios anticipados, sin haber comprendido cabalmente la información brindada por el interlocutor


Para que exista una buena escucha se necesita:


Distinguir entre oír y escuchar: Los humanos no percibimos la riqueza sonora del mundo, en realidad oímos poco. Lo mismo sucede con los otros órganos sensoriales que poseemos (vista, olfato, gusto, piel). Se estima que sólo registramos una millonésima parte de la información que nuestros órganos sensoriales envían al cerebro.


No percibimos lo constante sino lo cambiante: Nuestra capacidad de adaptación al mundo hace que dejemos de percibir ciertos sonidos, olores e imágenes a los que nos hemos acostumbrado. Nuestro cerebro está configurado para darle prioridad a lo nuevo e inusual, regalando al trasfondo lo conocido y habitual. De ahí que oímos con facilidad las sirenas de la ambulancia o balbuceo del bebé en medio de la noche.



La escucha es un esfuerzo voluntario en comparación

con lo involuntario de lo que sólo oímos.


Estar en el aquí y el ahora implica reeducar los sentidos: Es tener los sonidos en acción en el momento presente. A eso se le llama prestar atención. La mente es un poderoso filtro que acerca ciertos objetos y aleja otros. De los miles de estímulos que recibe, sólo podemos retener en la mente siete cosas a la vez, pero la atención sólo en una.

Imaginación anticipada: El estímulo es seleccionado la mayor parte de las veces de manera inconsciente, es atraído por necesidades de orden físico, mental y cultural. No obstante, también existe una filtración deliberada llamada percepción o imaginación anticipada, que permite anticiparse mentalmente muy cerca de los hechos. Ambas filtraciones tienen un papel importante en el acto de la escucha, ya sea inconsciente o consciente, la escucha siempre es un acto voluntario dando interés en escuchar a otro e implica atención y concentración. Así pues, la escucha es una habilidad que se aprende.


La escucha es una habilidad que

necesita aprenderse y practicar.


La escucha como un acto de generosidad: Es darse y dar al otro tiempo necesario para que la escucha sea posible. Nadie puede “medio escuchar”, la escucha se da o no se da, el acto de la escucha es un valor absoluto.


La escucha va mucho más allá que escuchar sólo palabras: Escuchar requiere poner atención a lo dicho, a lo no dicho y a la forma como se dice. No se trata, por tanto, de poner sólo atención al lenguaje verbal. El lenguaje no verbal, el corporal ofrece mucha información sobre lo que está expresando.


Aprender a escuchar en silencio: El silencio puede entenderse como un espacio para la reflexión y el deseo de no expresarse.


La escucha evita el silencio pasivo, le otorga significado.



Escuchar también es escucharse: Es necesario hacer caso a lo que el mensaje transmitido provoca en nosotros. Nuestras reacciones internas también forman parte de la escucha. Lo que dice la otra persona evoca en nosotros en asociaciones, recuerdos, ideas y sentimientos relacionados con nuestra experiencia personal, registrarlo nos permite empatizar con el otro.


Debemos estar dispuestos a examinar de nuevo lo que supuestamente ya conocemos: Cuando realmente ponemos atención lo mismo “nunca es lo mismo”. Cuando los niños quieren escuchar el mismo cuento una y otra vez, es por que en cada ocasión se descubren cosas nuevas y diferentes.


Mostrar interés en lo que dice la otra persona: Es importante que la otra persona se sienta cómoda emitiendo su mensaje. La escucha fingida está relacionada con el “juego del ángel” cuando en un juego dejamos ganar a nuestros hijos de manera fingida con el propósito de que adquieran seguridad necesaria de que aquellos pueden ganar. Finalmente, la escucha activa también es un acto de amor. Lo más importante es preservar el vínculo.




El acto de la escucha lo más importante, es preservar el vínculo.








Escuchar implica entender, no apoyar: Escuchamos para entender la realidad del otro, no es objetivo de la escucha intentar resolver el problema. El objetivo de la escucha es permitir que el otro exprese lo que piensa y lo que siente.


Establecer una relación de ayuda entre emisor y receptor sería a posterior al acto de la escucha. Escuchar bien tampoco implica estar de acuerdo con lo que el otro dice. La escucha auténtica implica principios éticos como la empatía y el no enjuiciamiento.


Escuchar implica saber callarnos.


La única ayuda que ofrece la escucha: Es conducir a quien habla para hacerle verbalizar lo que siente. Es permitirle, poco a poco, que aprenda a escucharse a sí mismo y a encontrar su propio camino. Para ello hay que evitar interrumpir dándole nuestra opinión, o peor aún, caer en el error de pensar en su lugar.


Dar seguimiento a la escucha: Escuchar que otro tiene un problema implica preguntarle al día siguiente como está o cómo se sigue. Escuchar nos compromete con el que habla. Estamos enterados de una situación que afecta a otro y él lo sabe. Darle un seguimiento oportuno refuerza el vínculo y hace gala de nuestra generosidad e interés por quien nos ha confiado su pensar.


A través de la escucha establecemos un compromiso con la otra persona.

La escucha genera confianza y fortalece.




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